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martes, 14 de junio de 2011

La jota triste de Kraus


Zarzuela: La Bruja, estrenada en el Teatro de la Zarzuela de Madrid en 1887.

Autor: Ruperto Chapí con libreto de Miguel Ramós Carrión y Vital Aza.

Gota: A finales del siglo XIX una crisis galopante tenía a España cogida por el cuello (¿les suena de algo?). Como estrategia de adaptación los empresarios teatrales se veían obligados a bajar los precios de las entradas si querían mantener las salas llenas, y como consecuencia la calidad y extensión de los montajes tuvo que ser recortado de manera drástica. Este hecho dio lugar al género chico, una zarzuela más corta, con menos recursos y dirigidas a públicos muy populares, puro entretenimiento sin grandes pretensiones artísticas. Fue en este contexto de apogeo de la zarzuela low cost en el que Chapí decidió apostar por reivindicar la Zarzuela grande, revitalizando una tradición que partía de Felipe IV y que es parte fundamental de la historia de la música española, creando para ello esta maravillosa obra, La Bruja. Es una zarzuela realmente sorprendente, muy próxima a la ópera por la densidad de la trama y la calidad musical, lo que le ha  permitido cosechar desde su estreno grandes éxitos, convenciendo incluso a los menos aficionados al género. Entre los momentos más brillantes de la obra se encuentra el que hoy nos ocupa,  el pasacalles seguido de la absolutamente maravillosa jota “No extrañéis, no, que se escapen”, uno de los momentos cumbres de la historia de la zarzuela. La versión no puede ser mejor, la grabación del 57 en la que Kraus subió el listón hasta un punto nunca después superado. Qué técnica, qué sensibilidad, qué obra de arte.

jueves, 28 de abril de 2011

Grandes coros (IV): Doña Francisquita y sus románticos






Zarzuela: Doña Francisquita, estrenada en el Teatro Apolo de Madrid en 1923.

Autor: Amadeu Vives i Roig sobre un libreto de Romero Sarachaga y Fernández-Shaw basado en la obra de Lope de Vega La discreta enamorada.

Gota: Como esta semana estamos de coros no podíamos pasar por alto la zarzuela, y de paso aprovechar para preguntarnos por qué tiene tan mala prensa en nuestro país el género lírico autóctono. Entro otros menores, dos son los factores que sustentan esta fama, y están vinculados a una reiterada confusión de la parte con el todo. En primer lugar se tiende a asimilar el popular género chico, producto barato y de masas fruto de las escaseces del final del XIX, con Zarzuela, un arte centenario y destilado que hunde sus raíces en el siglo de oro, bajo un modelo con matices locales pero extendido en toda Europa: la fusión de drama y música. El segundo factor, posiblemente el más relevante, la falta de un aggiornamento ideológico que le de encaje y legitimidad en la España actual, en la que equivocadamente se entiende la zarzuela, como algo caduco, antiguo, basado en una colección de tópicos de una país de charanga y pandereta, de toreros y chulapos,  centralista y madrileño. Es una visión distorsionada, la zarzuela es amplísima, la hay vasca, la hay catalana, llegó a América Latina e incluso a Filipinas, donde tomó su propio camino. Es más, se podría decir que en realidad la zarzuela ha permitido reflejar la España plural que siempre fue aunque se negara, en la que hay sitio para Guridi y su caserío vasco, para Chapí y su bruja aragonesa, o para que Vives, catalán de pura cepa nacido a los pies de Monserrát, compusiera esta madrileñísima y maravillosa Doña Francisquita, cumbre del genero y que uno nunca se cansa se escuchar. Sacudámonos los complejos, terminemos con los lugares comunes y vamos a dejar de castigarnos renunciado a una parte deliciosa de nuestro legado cultural.